miércoles, 21 de marzo de 2018

El elemento

Es muy posible que Ken Robinson, el que más ha insistido en la necesidad de estimular el talento, la creatividad y la vocación artística, el que más claramente apostó contra viento y marea por la no jerarquización de las competencias —no tiene sentido que en los sistemas educativos, la Física figure siempre en primer lugar y la Danza en el último—, intuyera sin ser consciente de ello que los últimos descubrimientos científicos iban a revolucionar los sistemas educativos.

¿Cuáles eran las grandes revelaciones del pensamiento científico, que permitieron a Ken Robinson dar por sentada la consecución de algo que todos habían soñado, pero nadie conseguido hasta ahora?

En los últimos veinte años, los investigadores más tenaces pero no necesariamente los más conocidos han aflorado tres grandes tipos de sorpresas. La primera fue la magnitud insospechada del inconsciente; se acumulaban allí procesos cognitivos de una complejidad inigualada por el pensamiento consciente. En contra de los abanderados por científicos como Crick —que supo desentrañar el secreto de la vida o el origen del genoma humano—, ahora estábamos descubriendo que el inconsciente abriga la mayor parte del conocimiento. Resulta que la intuición tan despreciada y postergada con relación al pensamiento consciente, era una fuente de conocimiento tan válida como la razón. La capacidad de conocer inteligentemente, se había más que duplicado.

El segundo gran descubrimiento que aportó las bases para que Robinson pudiera hacer de las suyas y revolucionar la gestión del talento, vino de la mano de una gran científica inglesa empeñada en saber por qué la experiencia individual podía incidir y transformar, incluso, las estructuras cerebrales y genéticas. Lo descubrió comprobando que el volumen del hipocampo —el órgano cerebral de la memoria—, de los taxistas de Londres empeñados en aprobar el duro examen para obtener el título de conductor, era netamente mayor que el de los ciudadanos de Londres que no preparaban el examen. Se zanjó así el interminable debate entre los que explicaban la conducta de la gente por su herencia genética y los que no querían, de modo alguno, menospreciar el papel de la experiencia individual, incluso para alterar la estructura cerebral. El campo quedaba abierto para conquistar el mundo; para vencer el miedo si se adoptaban determinadas actitudes.

Walter Mischel, de la Universidad de Columbia, pudo descifrar, además, la ventana del tiempo. ¿Cuándo era mejor o más rentable aprender las nuevas competencias para triunfar en la vida, como saber gestionar sus emociones evitando el miedo por encima de todo; no jerarquizar las distintas disciplinas otorgando a la creatividad el papel prioritario que le corresponde; identificar el llamado «elemento» cuya ejecución le identifica a uno con su razón de ser, ya sea profundizar en el ejercicio de la danza, o de las matemáticas.

El «elemento» es, posiblemente, el mensaje central del libro que lleva ese nombre. Como explica con enorme claridad el autor, vale la pena invertir el tiempo que haga falta en encontrarlo y el esfuerzo para adecuarse al nuevo entorno, cuando se constata que no era el habitual. Ahora bien, no basta solamente con hallar el «elemento» —y ese es un mensaje cuyo valor no puede sobreestimarse —; es preciso dominarlo, profundizar en su conocimiento, controlarlo. Eso requiere esfuerzo continuado y mucho talento.

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